La paz y la buena voluntad

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De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno, decía mi madre. Y hoy prácticamente nadie duda de las buenas intenciones del presidente Juan Manuel Santos en materia de paz, a pesar de que se siente que están seriamente mediadas por sus aspiraciones reeleccionistas. Pero al contrario de lo que muchos afirman e incluso cantan anticipadamente victoria con el supuesto de que Santos gana porque no hay con quién, las buenas intenciones en esta coyuntura no son suficientes. Ni basta sólo el buen gobierno de su fundación, ni el buen computador de la mermelada que se denunció en medio de las natillas y los buñuelos y que pasó sin pena ni gloria entre tutainas y alananitas. Precisamente por ser un tema tan caro como la paz se requiere más de los hombres de buena voluntad que de los de buenas intenciones. Pero sobre todo de buena voluntad política.

Y eso en términos de la real politik significa hombres con vocación de paz. Justamente lo que se echa de menos en el alto gobierno y en la nómina de negociadores de La Habana. Personas como Álvaro Leyva, Antanas Mockus, Eduardo Pizarro, o Alonso Ojeda Awad, por mencionar algunos  de los que se han gastado parte de su vida buscando salidas de paz o fórmulas de negociación brillan por su ausencia en estos acuerdos con las FARC en Cuba. Por eso aquí la paz por ahora sólo sigue siendo un discurso electorero. Y por esa razón andan a media marcha los acuerdos con la guerrilla. Incluso por eso mismo se dilata la idea de empezar en serio negociaciones con el ELN,  o con los reductos del EPL y más, que aún pasean por los Montes de María y otros puntos neurálgicos de la violencia.

Parodiando a Ricardo Arjona, la paz es verbo no sustantivo. La paz son acciones y no palabras. Y obras son amores y no buenas razones decía también mi madre. Y en eso las cuentas alegres de los optimistas y las cuentas tristes de los pesimistas no están contando con lo que vive el país real que no vive en paz. Así es fácil predecir que Santos ya ganó, o que tiene más reversa un avión bajando y que la autodesinflada candidatura uribista de Oscar Iván Zuluaga no le hará ni mella al candidato reeleccionista. Claro y si a este panorama se suma que Alianza Verde teniendo uno de los mejores candidatos como es Enrique Peñalosa no se ha decidido a jugársela por él, el escenario para los santistas parece para ganar por W.

Tal vez vaya ganando por la doble W, pero una cosa piensa el burrito sabanero de Belén y otra quienes lo están enjalmando antes de amarrarlo. El país nacional aún no está en las cuentas del país político para remembrar la frase de un líder que sabía de lo que hablaba y por eso lo mataron. Porque sin mucha ilusión, por estos días en que todo el mundo saludaba la Navidad y el año nuevo en medio de las famosas expresiones como replicando la de Caracol por sus oyentes, de formular votos fervientes de paz y prosperidad y de manifestar de dientes para afuera “la paz sea contigo” cuando el cura dice “daos fraternalmente la paz”, los colombianos sienten  que tristemente está más cerca la reelección que las buenas nuevas sobre la paz. Y no por la buena voluntad de los ciudadanos sino por los buenos oficios de los clientelistas que al final son una minoría electorera frente a esa gran mayoría abstencionista. Esa que de ninguna manera se siente en paz porque las obras son contrarias a las palabras.

La propia tregua navideña de las FARC no pasó de ser una promesa incumplida más. Y el propio presidente Santos cayó también en la tentación de traer a colación sin ningún pudor retórico el episodio que narra el evangelista Lucas en la que los ángeles en coro anunciaban la llegada del Niño Jesús con el ¨Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad¨, para también formular sus votos fervientes de paz y prosperidad, ¿democrática? Prácticamente no hubo sermón, ni homilía, ni discurso que no hiciera referencia a la paz. Y no hay nadie que no verbalice los deseos de paz como una costumbre que poco y nada contribuye a acabar el clima de violencia. La noche de paz y el feliz año no cambian la voluntad de los guerreristas (que no son sólo los armados), y si hay muchos que hablan de paz hoy es más como negocio político que por vocación, por buena voluntad o siquiera por sentirse en algún viaje identificado con la paz de John Lennon.

Tal vez por eso retumban como nunca las palabras del papa Francisco cuando exhortaba a que cada quien se debía preguntar sí había hecho en 2013 algo por el otro. Eso es pensar en la paz. No como hacen nuestros dirigentes que hablan de paz con Timochenco y le declaran la guerra a Uribe o viceversa. Que Uribe tenga más vocación de pacificador que de pacifista es un poco comprensible, al fin y al cabo es criado en esa cultura mafiosa paisa de los ochentas, de la cual no resulta raro que un concejal uribista en Medellín proponga que el que a hierro mata a hierro deba morir. Pero que Santos hable de paz con Timochenco, mientras se burla del paro agrario y le toma el pelo a las reformas de la salud, de la educación y de la justicia, no resulta muy a tono con lo que significa la paz para los colombianos.

Eso es lo que propone el Papa Francisco que se revisen a ver qué es lo que hacen y no qué es lo que dicen. “Que se frene la violencia en el mundo”. “Llegó la hora de parar el camino de la violencia”, ordenó el Papa en la Plaza de San Pedro en el Angelus de año nuevo. Pero acaso alguien cree que el computador de la mermelada no es violento o que en el lenguaje de la paz caben las burlas a las reformas, o que la pelea con los expresidentes no son generadoras de violencia. “Qué está pasando en los corazones de la gente”, pregunta Su Santidad Francisco. Pues que la gente del poder habla de la paz y no la siente. No la quiere realmente. Que no son hombres de buena voluntad de los que hablaba Lucas en su evangelio.

Las paces se hacen, sobretodo en Navidad, con quienes hay distanciamientos. No solo se dicen. Esa es la buena voluntad. Pero lamentablemente a Santos por ahora la única paz que le interesa es la de sus electores y la de los beneficiarios de sus mermeladas. Hasta cuándo entonces, nos preguntamos los cristianos de a pie, se acogerá cualquiera de las interpretaciones del evangelio de Lucas. Sea la paz entre los hombres de buena voluntad o la paz entre los hombres que ama el señor, o la paz entre los hombres que gozan de la buena voluntad del señor. En cualquiera de ellas la paz se debe hacer como una práctica cotidiana con todos los colombianos que ama el señor. O si no que le pregunten al Papa ¿Cuál paz es la que quiere esta tierra?

Fernando Alvarez C.

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