Quiero matar a Pablo Escobar

 Fui el primer periodista que reveló quién era Pablo Escobar. En 1982 hice un reportaje en SEMANA que mostraba las pretensiones de este curioso millonario que hacía su entrada triunfal en la política con la ayuda de algunos caciques regionales, curas oportunistas y hasta de una vedette de la televisión de la época,Virginia Vallejo.

Seguí sus pasos criminales y denuncié sus matanzas en portadas de la revista como “El Prontuario de Escobar”, “La Contrarrevolución en Urabá” y ” El Dossier Paramilitar”. Allí  pusimos al descubierto que no se trataba de un benefactor como pretendía aparecer sino de un peligroso criminal que había montado su impero del narcotráfico a punta de asesinatos y terror.

Por estas investigaciones tuve que refugiarme en España. El 24 de julio de 1989, día en que recibiría el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolivar, salí del país y por eso hoy puedo contar la historia. Unos días antes me había informado una fuente que Escobar iba a acabar ¨hasta con el nido de la perra¨ y que ¨iba a volar mierda al zarzo¨. Y yo estaba en su lista… Esto sucedía a menos de un mes de que Escobar y sus secuaces asesinaran vilmente al candidato presidencial Luis Carlos Galán y a políticos, periodistas, jueces y policías que lo habían enfrentarlo.

En Madrid hice pública en la revista INTERVIEW una grabación que circulaba clandestinamente en los medios periodísticos colombianos y que nadie se atrevía a publicar, en la que Gonzalo Rodríguez Gacha, El Mexicano, confesaba su participación en el crimen de Galán y pedía negociar con el gobierno para suspender los atentados y los magnicidios.

Posteriormente viaje en secreto a Colombia para destapar en SEMANA que La Catedral no era una cárcel sino un palacete de rumbas, orgías y asesinatos montado por Pablo Escobar con la aquiescencia del gobierno.

Denuncié los ajusticiamientos que hizo Pablo Escobar cuando mandó ¨levantar¨ a sus socios del Cartel de Medellín, los hermanos Moncada y los Galeano, y los volvió picadillo literalmente, en los patios de la mansión cárcel que le había facilitado el presidente Cesar Gaviria.

A raíz de este artículo el gobierno simuló tomarse La Catedral y fue cuando Escobar ¨se fugó¨, con la ayuda teledirigida de algunos funcionarios del Estado.

Pude regresar a Colombia cuando el gobierno se se sumó a la mafia con los paramilitares, Los Pepes, la DEA y el Cartel de Cali, que financiaba el Bloque de Búsqueda y finalmente acabaron con Escobar. Allí terminaba su historia criminal pero comenzaba el negocio de su leyenda.

Escobar no solo daría mucho de qué hablar en Colombia como decía el final del artículo ¨Un Roobin Hood Paisa¨ en SEMANA, sino que sigue dando mucho mucho de qué hablar aún después de muerto. La sociedad colombiana permeada por la cultura del narcotráfico, ha hecho de su historia criminal un lucrativo negocio.

Que el hijo de Pablo Escobar, Juan Sebastián Marroquín, como se llama ahora, haya montado un negocio de camisetas con la figura de su asesino padre, vaya y venga. No es muy grato pero es su derecho aunque no sienta vergüenza histórica.

Que escritores de medio pelo, entre los que se incluyen a sus hermanos Marina y Roberto Escobar, hayan producido literatura barata sobre el Patrón para rebuscarse, vaya y venga. Sus escrúpulos no dan para perder oportunidades coyunturales y no se espera mucho de ellos frente al compromiso de formar nuevos referentes culturales.

Pero que los dueños de la televisión hayan montado su negocio del narcorating sin importar los estragos culturales y los saldos pedagógicos en el cerebro de los jóvenes es imperdonable. Sobre todo en una sociedad que lucha cada día por salir de ese despeñadero de valores que generó el narcotráfico y sus secuelas.

Esa narcocultura que se ha apoderado de las nuevas generaciones que quieren triunfar a toda costa y a cómo de lugar, que quieren enriquecerse en el menor tiempo posible y que han adoptado las estrambóticas costumbres de los narcos, cuando no la forma de enfrentar a sus contradictores. Ya la generación posterior a la de los atentados terroristas ven a Escobar como un negociante inteligente injustamente perseguido por las autoridades.

No ha sido suficiente que el país haya contado con  líderes modernos y comprometidos con la construcción de pensamiento y la formación de conocimiento, que quieren rescatar el terreno perdido frente a la contracultura mafiosa. El profesor Antanas Mockus con su cultura ciudadana y su sentido ético de lo público, o Sergio Fajardo con su idea de priorizar la educación y la formación ciudadana, o Enrique Peñalosa con su cultura urbana y la defensa del bien común, o Gustavo Petro con sus denuncias cuando parlamentario sobre el paramilitarismo en la política.

Los Nule y los hermanos Ivan y Moreno son la expresión moderna de esa cultura mafiosa que se ha apoderado del país en la que los funcionarios y los contratistas quieren aprovechar su cuarto de hora para forrarse de oro, comprarse aviones y largarse para Miami. DMG e Interbolsa y los negociantes inescrupulosos de la salud son hijos de esa nefasta cultura mafiosa. Esa que no forma emprendedores sino traficantes de contratos, de votos, de recursos públicos y de influencias.

Pero no se puede enfrentar la contracultura mafiosa si el afán de enriquecimiento a toda costa ha inundado hasta a los propios canales privados de la televisión. Si el narcorating está por encima de la construcción de valores o de ciudadanía. Si vende más una narconovela en donde la madre de Escobar le enseña a las nuevas generaciones ¨sí va ha hacer algo mal, hágalo bien¨ la cual no puede competir en el hipotálamo de los jóvenes con una frase de Luis Carlos Galán para cambiar las costumbres políticas.

Se defienden los canales diciendo que están contando la realidad del país y que no pueden hacer abstracción de nuestra cruda historia. Eso es cierto pero no menos cierto es que hay otras realidades más constructivas y otras historias mas edificantes que no merecen sus esfuerzos porque no dan rating, porque no son negocio. Porque el rating está por encima del futuro de las nuevas generaciones.

La narcocultura es la madre del narcorating. Y los canales se esfuerzan para producir la peor en enseñanzas que de seguro será la mejor en audiencia. No les importa que se vuelvan unos héroes para la juventud. No les importa que terminen siendo una escuela del delito. No les importa que introduzcan en sus mentes esa forma de vida en la que todo vale y la vida no es sagrada. Ellos necesitan subir puntos y aumentar sus ventas en horarios triple A.

Los canales privados perdieron el control.

Los ciudadanos deben exigir a los canales privados, al Mintic y a la ANTV que desescobarice la televisión. O los apagamos.

Es hora de que la ciudadanía tome el control.

No mas mafia en la TV

No mas Sin tetas no hay paraíso, ni Los tres caínes, ni Las muñecas de la mafia, ni El Cartel. No más El Capo, ni El Patrón del Mal, ni El Mexicano.

O van a seguir después los dueños de Caracol y RCN con la historia de Chupeta, Cuchilla, Fritanga, Los Urabeños, La Terraza, Los Rastrojos, El Mono Jojoy, Romaña y no se sabe cuántos más patrones del mal estén listos para ser sus fabricantes de rating. O definitivamente los canales ganaron la batalla y no les importa cuáles sean los patrones a seguir con el silencio cómplice de los televidentes?

Los patrones del mal no pueden seguir matando nuestra cultura.

Llegó la hora de matar a Pablo Escobar de una vez por todas en la televisión. Los canales tienen que entender que la construcción de valores y de pensamiento, que la formación de los seres humanos es parte de su responsabilidad social empresarial.

Quiero matar el fantasma de Escobar con leyes transitorias en el Congreso que obliguen a los canales a no propagar más la cultura mafiosa, mientras la sociedad retoma su rumbo emprendedor y aprende a tener memoria sin las distorciones producto de la guerra de las audiencias.

No mas mafia en la TV.

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